Mi testimonio

Mi testimonio

Por Alfredo Vargas Caba|

Houston, Texas – Este es mi recuento de lo que vivía dentro de mí, cuando desde adolescente a finales de la década de los 60, salí de República Dominicana a estudiar. Por tal motivo, nunca me he considerado un emigrante aunque formalmente no haya vuelto a residir en el país.

Quizás, mi testimonio sea un aporte para que el país que juntos hemos construido en el último medio siglo, se siga construyendo sobre bases más firmes de cara a los próximos 50 años.

Fui siempre un buen estudiante y fui afortunado en recibir becas que me abrieron las puertas del mundo, cuando Quisqueya salía de un aislamiento impuesto por el devenir de la historia.

Lo primero que constaté cuando con 17 años fui a vivir con una familia americana de Wisconsin, que me acogió por un año como su hijo, fue que mi identidad cultural como dominicano salió fortalecida al compartir valores que mi propia familia dominicana me inculcó.

Aprendí la importancia de haber nacido en el Cibao, hijo de campesinos, cuyos antepasados habían acompañado a los hidalgos que en pleno siglo 16 se aplatanaron en el Valle de la Vega Real, para nunca más surcar la mar hacia otras conquistas o territorios.

Me sorprendí cuando por primera vez leí el Quijote y Quevedo y que entendía muchas palabras arcaicas sin buscar el diccionario, pues aún se usaban en el cibaeño que aprendí siendo niño.

Así, en 1971, cuando Francia me otorga una beca para estudiar Lingüística, en la Sorbona de París, me inquietaba saber cómo en nuestra Isla, habían convivido dos culturas tan diversas como la haitiana, de fuertes raíces africanas, con un barniz de francés, y la de los cibaeños de tradiciones hispánicas.

En 1960, un año antes de la caída de la dictadura trujillista, éramos tres millones de dominicanos. En Santiago, era muy raro ver a un haitiano, ya que en el Cibao no hay, ni había cañaverales.

Conocí a Haití por primera vez, cuando Pan American hacía escala en Puerto Príncipe en ruta hacia Miami.

Fue también regresando a Santo Domingo, un 21 de abril de 1971, que hicimos escala en Haití, y que al ser uno de los primeros en salir del avión, un periodista me pregunta que cómo estaba Puerto Príncipe.

¡Tranquilo! Respondí.

Ignoraba que pocas horas antes había muerto Papá Doc, François Duvalier.

Estudié varios años en el Franco Condado francés, que fue territorio español bajo Carlos Quinto, y visité el Fuerte de Joux donde encarcelaron a Toussaint Louverture, después de rebelarse en Haití.

Observé que la bandera dominicana tiene exactamente el mismo diseño que la de las fuerzas napoleónicas que combatieron a los rebeldes haitianos.

Viviendo en la frontera con Suiza, terminé mudándome a Ginebra, en 1976, para ingresar a la Escuela de Intérpretes, al graduarme de Lingüística en Besanzón, y comenzó una nueva etapa en donde Haití volvería a entrecruzarse con mi vida.

Desde 1974, siendo estudiante, iba con frecuencia a Santo Domingo desde Francia, para incentivar que se hiciera algo de promoción turística en Europa, pues para la incipiente industria dominicana, estos mercados estaban más aptos a desarrollarse que los más cercanos de Estados Unidos.

Sabía que en el país tendría muy escasa audiencia, por lo que me apoyé en mi visión de futuro y mi entusiasmo juvenil, para lanzarme en una misión quijotesca.

Así durante varios años, sin respaldo oficial, recorrí cientos de miles de kms. anuales por toda Europa, promoviendo a Santo Domingo como destino turístico. Con 10 turistas al mes, cubría mis gastos y podía sobrevivir.

Este es el contexto, que enfrentado a la inexistente información que había sobre el país, opté por convencer a las personas a que vinieran de vacaciones y palparan la hospitalidad de los dominicanos.

Siendo un ávido conocedor de la historia patria y universal, sabía que en la medida que nos abriéramos a muchos países extranjeros, menos dependientes seríamos del extranjero y más autónomos localmente.

Nuestra dependencia de los EE. UU. tendría un contrapeso con un turismo europeo que a largo plazo trajera una diversificación de nuestra agricultura y servicios.

En Alemania, Suiza, Europa Central y Escandinavia podía crear una imagen turística de un Caribe Español, ya que en Gran Bretaña o Francia, con sus antiguas colonias, había un turismo bastante desarrollado hacia las Antillas menores.

Fue así que en 1976, se inició un vuelo chárter quincenal de Suiza a Haití y Guadalupe que logré traer a Santo Domingo.

Era el vuelo semanal de SATA de Zurich y Ginebra a Puerto Príncipe y Santo Domingo, que comencé en noviembre de 1977.

En los meses previos, estuve yendo semanalmente de Ginebra a Haití y Santo Domingo para preparar la operación.

Para entonces, el PIB de Haití era similar o algo mayor que el de RD y la industria turística tan embrionaria como la nuestra.

Recuerdo que comencé a promover en Europa, la venta de los terrenos de lo que hoy es Bávaro, a 50¢ el m² y que aún era deshabitado y totalmente virgen.

Habiendo demostrado con esos vuelos que el turismo europeo era real, para 1978, cuando se crea el hoy Ministerio de Turismo, fui llamado para presentar un plan de desarrollo de los mercados turísticos de Europa.

En 1979, me mudé de Suiza a Alemania, para abrir en Fráncfort, la dirección para Europa de Turismo, contando por primera vez en 5 años, con respaldo oficial.

En Alemania, empezamos a promover no solo a la República Dominicana sino también de manera indirecta a Haití y al Caribe en general, como estrategia de crear una red de vuelos directos que eran cruciales para el desarrollo del tráfico turístico.

Tomé la iniciativa en la conquista de Alemania, el mayor emisor de turistas en el mundo, para que en el congreso anual de ASTA en Munich, en 1979, se hiciera un pabellón conjunto con Haití que se utilizó en la Aldea del Caribe en la ITB de Berlín.

En ese entonces, era la industria azucarera y no el turismo, la principal fuente de divisas de la República Dominicana y de muchas islitas caribeñas.

Nuestro enfoque en desarrollar una red de vuelos chárters desde Europa rindió sus dividendos más tarde, en la medida que, a su vez, se descubría la materia prima del destino turístico dominicano: su tradicional hospitalidad, ya que sol y playa, también los había en el resto del Caribe.

La República Dominicana en los ’80 y los ’90, fue la pionera e impulsora en Alemania y Europa Central de que el turismo no sólo se quedara en nuestro país, sino que se repartiera a otras islas. Lo cual requería una colaboración de parte de todos para proyectar una imagen positiva de nuestras identidades y diferencias culturales.

Desafortunadamente en Haití, siguiendo un patrón de desgobierno e inestabilidad que data desde su independencia hasta el presente, lo poco que se logró con los chárters de Suiza, se desmoronó cuando éstos cesaron en 1979.

Ya para mediados de los ’80, a la caída de la dictadura de Baby Doc, el turismo se hizo imposible por la inseguridad reinante.

A finales de los ’80, la República Dominicana se convirtió en el principal eje aéreo desde Alemania al Caribe en general.

Muchos artistas, pintores y artesanos haitianos comenzaron a florecer gracias al turismo dominicano, complementando la variedad cultural de nuestro país.

Además, también llegaron muchos europeos y extranjeros a trabajar legal e ilegalmente en la creciente y pujante industria turística.

A finales de los 90’s, cuando me retiré del mundo turístico europeo promoviendo la República Dominicana, ya eran más de 90 los vuelos que semanalmente venían de toda Europa y más de millón y medio de europeos que vacacionaban en nuestras playas.

Comparado a los 3 vuelos semanales que había desde España y de los 6,000 alemanes, o 60,000 europeos, que llegaban a nuestros aeropuertos en 1979, eso significaba un ingente aumento.

El turismo fue el puente que abrió los mercados europeos a las exportaciones dominicanas y que fuéramos integrados a los esquemas de cooperación y desarrollo que Europa reservaba para el Caribe.

¿Quiénes conocen estos detalles?

Es por eso que con mi testimonio quiero dar constancia que los dominicanos, jóvenes y menos jóvenes, pueden en 2015 visualizar el país que queremos en el 2065 y tomar acción ahora.

Nada nos impide ser el país más próspero y más feliz del Hemisferio. Ya en muchos aspectos nos parecemos a Suiza, país donde viví y cuyas 4 lenguas conozco y hablo.

Suiza deriva mucho de su fuerza del hecho que todos los extranjeros tienen algo que perder, si la atacan.

Hagamos que el mundo reconozca nuestro valor agregado a la estabilidad y prosperidad del Archipiélago y que nos apoye.

En un próximo artículo, compartiré algunas ideas que pudiéramos aplicar.