Por Elenoiris Vasquez

La lógica más elemental establece que experiencia y consciencia son fuentes gloriosas del conocimiento. Hay sabiduría en lo vivido, en la misma proporción que existe vigor en cada convicción que sostiene nuestro juicio. Siendo así, una mujer sapiente debería reunir ciertas condiciones, como una charla que favorezca al oyente, unos sueños que le produzcan escalofríos a la realidad y una inquietud imperante, que jamás le permita permanecer anónima a todas esas cosas que aún no ha descubierto.

Anacaona

En la época más remota de la mujer dominicana, no me puedo imaginar una Anacaona que simplemente se destaque por ser la cónyuge de Caonabo. En el recuento del tiempo y el espacio, vemos correr a caudales la curiosidad de una mujer insaciablemente inquieta, cuyas facciones curiosas examinaban a los españoles con minuciosidad.

Su espíritu de inquietud más su escasez de indiferencia, le hacen incitar un reclamo a lo que ella comprendía eran abusos, de parte de ese grupo advenedizo al que admiro a primera vista.

Los españoles pronto perciben en ella una amenaza, un ser capaz de destapar los temores que el resto sellaba en secreto. Cuando la esplendorosa gloría de la belleza se hubiese marchado, Anacaona habría retenido tenazmente su encanto permanente, el cual consistía en su alma escudriñadora y el tímido silencio doblegado.

La laureada flor de oro, no es llanamente una mujer a la que asociamos un parentesco, la historia no la presume como la hija de tal, ni mucho menos como el pasivo cónyuge de un cacique. No es precisamente la cobarde vanagloria de un apellido lo que la mantiene viva en el espectro, ni tampoco es necesario citar a sus ancestros de manera tan explícita.

Anacaona fue una mujer lo suficientemente sensible como para recitar poesías en los areitos, y a su vez, contradictoriamente fuerte, valiente, con la gallardía necesaria para gobernar un cacicazgo en sustitución de su hermano Bohechio.

En un escenario socio-político impredecible, donde vibre pintoresca y halagadora la presunción idealista de una mujer presidenta, el génesis de la civilización nacional no debe aislar la potente figura de una mujer que dominó su entorno, organizó su territorio con el dolor de la muerte a cuestas.

Nuestra flor de oro no es la hermana de nadie, ni la esposa de alguien, es la inmortal satisfacción de la fémina que todo el mundo quisiera tener, la hermana inspiradora que causaría un inmenso regocijo filial.

El poder ejecutivo no soñaba nacer en tales contextos, pero si alguno pretendiese sugerir lo más cercano a una presidenta dominicana, yo diría Anacaona.

En lugar de soñar con ser la compañera sentimental de un prospecto, ella fue la fuerza motriz de las batallas de su marido, encarnó y representó el mayor miedo de sus adversarios, fue el híbrido perfecto entre lo sutil y lo recio. En el recuerdo de su vida, la dominicana actual tiene un marco imitable, una referencia de mujer digna que todas deberíamos moldear.

Más allá de lo superficial y la arrogancia humana, cuando nuestras solidas piernas se debiliten y quizás no constituyan un atractivo, que sea nuestra conmoción y parecer ante la vida lo que impregne admiración. A estas alturas de la existencia, toda mujer debería adoptar un espíritu insaciablemente inquieto. Ninguna mujer mecida en la calma y desprendida de interés, podrá edificar un hogar.