POR VENECIA JOAQUIN|

Cada vez que mencionan agricultura, sector agropecuario, día del agricultor, creo que están hablando de mi padre. Nací en el corazón de una finca, rodeada de plantas, animales, ríos y aprendiendo de los campesinos. Mis progenitores eran agricultores. Mi padre, Horacio Joaquín, cultivaba la tierra con tanto amor y alegría, que era como asistir a una fiesta. De hecho, a los trabajadores no les sorprendía que mientras hacían un gran corte de plátanos o siembra, llegara un “perico ripiao” al ambiente de trabajo.

Papá hacia producir cada pedazo de tierra cultivable. Su olfato de campesino nunca le falló. Dio cátedras de cómo trabajando en el sector agropecuario, se puede prosperar. Con los frutos que producía y para que sus hijos continuáramos estudiando, construyó en la ciudad de Moca una casa grande, tipo colonial, con diez dormitorios. La primera de dos niveles en el pueblo.

La vivienda se encuentra ubicada al lado de la que perteneció al Héroe Nacional, Antonio De La Maza, quien al venderle el solar a mi padre dijo, que sólo podía tener como vecino personas con sus condiciones.

Cuando estaba en construcción, la gente iba a verla y preguntaba quien era el dueño. “Dicen que de un campesino muy rico, que no se detiene trabajando”. “Es de un agricultor”. Le daban seguimiento entre si “¿Cómo va la casa del agricultor?”. Llevaban los niños a corretear.

Cuando la terminaron, se veía majestuosa. Llamó la atención del Dictador Trujillo quien preguntó a quien pertenecía. “Es de un agricultor”. Ahí nos mudamos. La gente siguió llamándola “la casa del campesino, agricultor”.

Luego que nos conocieron, se convirtió en “el alma Mater” para personalidades, amigos, familiares, compañeros de estudios. Sus amplios salones vivían llenos de visitantes. Nunca fue decorada con lujo. Proyectaba la personalidad de sus habitantes. Inspiraba confianza, tanto a ricos como a pobres del campo y la ciudad. Comenzamos a invitarlos a las fincas. Vieron productos de tanta calidad, que algunos decían que con la venta de “la rabiza” de los plátanos, se construía la casa.

Las técnicas que papá usaba en la siembra eran rústicas. En tiempo de sequía, el primer equipo de riego que utilizó para irrigar la tierra, fue una docena de mulos y burros. Los llevaba al río para transportar cubos y calabazos llenos de agua, con los que los trabajadores, mojaban cada planta. Así salvaba la producción.

Para conocer lo que estaban sembrando a nivel nacional, iba a las galleras. No jugaba. Se limitaba a preguntarles a los empresarios agrícolas lo que estaban sembrando en sus provincias. Regresaba al campo y sembraba lo que iba a escasear.

Por sus éxitos agropecuarios, fue fuente de consulta de empresarios como su amigo Poppy Bermúdez. En el gobierno de Balaguer, un “Día del Agricultor”, Manuel Amézquita, Secretario (Ministro) de Agricultura y Pedro Bretón, Administrador del Banco Agrícola, fueron a visitarlo, pues no pudo asistir a un acto donde le entregarían un reconocimiento.

La “casa del agricultor” es recordada con afectos por todos los que de una u otra forma compartieron con este campesino, que no sólo supo criar animales y sembrar plátanos, yuca, batata, sino también afectos sinceros.

Apenas llegó a un tercer curso de primaria, pero enseñó con el ejemplo, sobre las bondades de la agropecuaria y lo que se logra trabajándola con amor. Su gran gozo siempre fue, invitar al campo y regalar de sus productos en el pueblo.

Por los recuerdos que evoca la llamada “casa del agricultor”, por las virtudes de su propietario y por su entusiasmo trabajando el campo dominicano, el reconocido economista y distinguido mocano, Eduardo García Michel, le ha llamado “arquetipo de agricultor dominicano” y propone que “podría levantarse el Museo al Agricultor en la casa que fuere de Horacio Joaquín, ya que fue esa ocupación desarrollada al aire libre en tierra fértil, la que sembró sentimientos libertarios en el espíritu y carácter del mocano, que le diferencian de cualquier otro pueblo”.